Fruto de una entrega apasionada y exigente a la escritura literaria, propensa a la corrección meticulosa de sus recursos expresivos,
LA CUERDA FLOJA, primer libro de cuentos de Gonzalo Mariátegui, es una obra madura. Lo prueban la dosificación de la intriga, con el hábil empleo del desenlace imprevisto, manejado éste con soluciones diferentes para cada cuento, al margen de todo facilismo o de todo esguince meramente llamativo: desenlaces fundamentales para que se produzca la revelación de la verdad última de sus personajes. También, lo comprueban la consistencia de sus personajes, la economía (nada sobra, nada falta, todo rebosa sugerencia y capacidad sintética) de las frases y las técnicas narrativas, así como la hondura con que retrata la condición humana, en particular la dimensión ética de la existencia.
En varios sentidos, nos hallamos ante la cuerda floja: en un primer nivel, porque las máscaras del egoísmo, la soledad, el interés o la rutina se resquebrajan en sus narraciones. Arrebatados por las leyes misteriosas o sobrenaturales del devenir humano (léase: providencia divina, o destino, o rueda de la fortuna), los personajes quedan, tarde o temprano, a la intemperie, con el suelo movedizo, en la cuerda floja: toman conciencia de su error, su mezquindad o sus oscuras intenciones.
En un segundo nivel, que se apoya en el primero, como un ahondamiento del sentirse a la intemperie, la cuerda floja remite a que se debe tomar una decisión crucial e irrevocable. Inclinarse por el Bien o por el Mal. No se trata de una opción esquemáticamente maniquea, ya que en el ser humano viven ligadas –en perpetua querella- la tendencia al bien (Eros, Vida) y el mal (Tanatos, Muerte). De hecho en tres cuentos predomina el factor negativo (Eva y la noche, El primero y El cortejo) y en otros tres el factor positivo cobra cuerpo (El payaso, El cofre y La suerte de Matías Figueroa, lacerados por el dolor y la equivocación), venciendo nítidamente el Bien en un hermoso y utópico cuento para niños apto especialmente para adultos (El bosque de la amistad).
Ricardo González Vigil
Poeta y crítico literario